Observo quieto quietecito la vista que un cuarto piso me ofrece, la eterna Lucille zumba en mis narices y llena hasta lo más oscuro de estos rincones sin propiedad.
Le robo a la la caja su ultima asta sin bandera, es realmente placentero y degollador ver como el humo se va tornando humo de a sorbos pequeños en rastros de ceniza. El humo nace humo y humo vuelve a ser, arropa tantos colores en sus faldas de monóxido de carbono y, él, tan soberano, se pavonea de esas pasiones
Estos pequeños puntos que he visto por manojos en todas direcciones hoy avanzan con prisa de a uno o de a varios, de una manera absoluta los hago parte de mi y ellos sin saberlo; tan abrumados tan inocentes tan confundidos tan grises los pobrecitos.
Un sax negro reclama ahora mi atención
